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20 de marzo de 2013

Merece la pena perder un par de minutos de tu vida leyendo esto ;)


Cuando llegué esa noche a casa, mientras que mi mujer servía la cena, le cogí la mano y le dije que tenía que hablarle de algo importante. Se sentó y cenó tranquilamente. Volví a observar el dolor en sus ojos.
De pronto, no supe cómo abrir la boca. Pero tenía que hacerle saber lo que estaba pensando. Quiero el divorcio. Saqué el tema tranquilamente. No pareció molestarse con mis palabras. En vez de eso, me preguntó suavemente: -¿Por qué?.

Evité su pregunta, y eso la hizo enfadar. Me tiró los palillos chinos y me empezó a gritar: -¡No eres un hombre! - Esa noche no nos dirigimos la palabra. Estuvo llorando. Sé que quería descubrir qué le había pasado a nuestro matrimonio, pero difícilmente le podía dar una respuesta satisfactoria: me había enamorado de Jane. Ya no la amaba, sólo sentía lástima por ella.

Con un gran sentimiento de culpa, hice el borrador de un acuerdo de divorcio en el cual se podía quedar con la casa, con el coche y con el 30% de las participaciones de mi empresa. Le echó un vistazo rápido y lo rompió en pedazos. La mujer que había pasado diez años de su vida conmigo se había vuelto una extraña. Me sentí mal por su pérdida de tiempo, de recursos y de energía, pero no podía dar marcha atrás a mi amor por Jane. Al final se puso a llorar delante de mí, que es lo que esperaba haber visto. Para mí, su llanto fue realmente una manera de soltarse. La idea del divorcio, que me había tenido tan obsesionado durante varias semanas, ahora parecía estar firme y clara.

Al día siguiente volví a casa muy tarde y me la encontré en la mesa, escribiendo algo. No cené, me fui directo a la cama y me quedé dormido enseguida debido al cansancio por estar todo el día haciendo cosas con Jane. Cuando me desperté, aún seguía escribiendo en la mesa. No le hice ni caso, me di la vuelta y me volví a dormir.

A la mañana siguiente me presentó sus condiciones para el divorcio: no quería nada de mí, pero necesitaba un aplazamiento de un mes antes del divorcio. Pedía que durante ese mes los dos intentáramos vivir lo más normal posible. Sus razones eran bien simples: nuestro hijo tenía exámenes en un mes, y no quería desconcentrarlo con nuestra ruptura.

Todo esto lo encontré aceptable. Pero tenía otra petición: me pidió que recordara cómo la llevé a la habitación en nuestra noche de bodas. Me pidió que cada día durante todo el mes la llevase en brazos desde nuestra habitación hasta la puerta de entrada todas las mañanas. Pensé que se había vuelto loca. Sólo por hacer nuestros últimos días juntos más llevaderos, acepté la extraña solicitud...
Le conté a Jane las condiciones de mi mujer. Soltó una gran carcajada y dijo que era absurdo. “Da igual los trucos que se invente, tiene que aceptar el divorcio”, dijo con desprecio.

Mi mujer y yo no habíamos tenido ningún contacto físico desde que le dije que me quería divorciar. Por lo tanto, el primer día que la tuve que llevar en brazos, los dos  estábamos un poco torpes. Nuestro hijo venía detrás de nosotros dando palmas: “¡Papi está llevando a mami a bracito!”. Sus palabras me dieron un cierto pesar. Desde la habitación hasta el salón, y luego a la puerta de casa, la llevé en brazos más de 10 metros. Cerró los ojos y me dijo en voz baja: “No le digas nada del divorcio a nuestro hijo”. Asentí con la cabeza, sintiéndome de algún modo disgustado. La volví a dejar en el suelo fuera de la casa. Se fue a la parada del autobús para ir a trabajar. Yo conduje solo hasta la oficina.

Al segundo día, los dos actuamos con más soltura. Ella se apoyó en mi pecho. Pude oler la fragancia de su blusa. Me di cuenta que no había mirado a esta mujer atentamente desde hace tiempo. Observé que ya no era tan joven. Había arrugas en su cara, y su pelo era grisáceo. Nuestro matrimonio le había pasado factura. Por un momento pensé lo que le había hecho.

Al cuarto día, cuando la levanté, noté una sensación de intimidad recíproca. Esta era la mujer que me había dado diez años de su vida. El quinto y sexto día, me di cuenta que nuestro sentido íntimo volvía a crecer. No le dije nada de esto a Jane. Mientras transcurría el mes, cada vez era más fácil llevarla. Posiblemente el ejercicio diario me estaba haciendo ganar fuerza.

Una mañana se puso a elegir qué ponerse. Se probó varios vestidos pero no encontraba el adecuado. “Todos los vestidos han crecido”, sollozó. Entonces me di cuenta del peso que había perdido, y esa era la razón por la cual me era más fácil llevarla.

De repente me vino a la cabeza... Se había guardado tanto dolor y amargura en su corazón. Inconscientemente me acerqué y le toqué la cabeza.

Nuestro hijo apareció en ese momento y dijo: “Papi, es la hora de llevar a mami a la puerta”. Para él, ver a su padre llevando a su madre a la puerta se había vuelto una parte esencial de su vida. Mi mujer le hizo un gesto para que se acercara y le abrazó. Yo aparté la mirada porque temía cambiar de opinión en el último momento. Luego la cogí en brazos, andando desde la habitación a l puerta de entrada, pasando por el salón. Su mano estaba alrededor de mi nuca suavemente y con naturalidad. Yo sujetaba su cuerpo firmemente, igual que nuestro día de recién casados.

Pero el hecho de que pesara mucho menos me entristeció. El último día, cuando la cogí en brazos, casi no pude dar ni un paso. Nuestro hijo se había ido a la escuela. La sujeté firmemente y le dije que no me había dado cuenta que a nuestra vida le faltaba intimidad. Conduje hasta la oficina... Salté del coche rápidamente sin ni siquiera cerrar la puerta. Temía que cualquier demora podría hacerme cambiar de parecer... Subí las escaleras. Jane abrió la puerta y le dije: “Lo siento, Jane, ya no quiero divorciarme”.

Me miró, perpleja, y me tocó la frente. “¿Tienes fiebre?”, me dijo. Le aparté la mano de mi frente. “Lo siento Jane, no me voy a divorciar. Mi matrimonio se había vuelto aburrido porque seguramente ni ella ni yo habíamos valorado los detalles de nuestras vidas, no porque ya no nos amáramos. Ahora me doy cuenta que desde que la cogí en brazos y entramos en casa el día de nuestra boda, tengo que apoyarla hasta que la muerte nos separe”. Parece que, de repente, Jane se despertó. Me dio una bofetada muy sonora, cerró la puerta y rompió a llorar. Bajé por las escaleras y volví al coche. De camino, en la floristería, compré un ramo de flores para mi mujer. La florista me preguntó qué quería escribir en la tarjeta. Sonreí y puse: “Te llevaré cada mañana hasta que la muerte nos separe.”.

Esa tarde, cuando llegué a casa, con el ramo en la mano, y una sonrisa en la cara, corrí escaleras arriba para encontrarme con mi mujer tumbada en la cama, muerta. Mi mujer había estado luchando contra el CÁNCER durante meses, y yo estuve tan ocupado con Jane que ni me había dado cuenta. Sabía que se iba a morir pronto, y quiso evitarme cualquier reacción negativa de nuestro hijo en caso de que siguiéramos adelante con el divorcio. Al menos, a los ojos de nuestro hijo, soy un buen marido...

Los pequeños detalles de vuestras vidas es lo que realmente importa en una relación, no es la casa, el coche, la cuenta del banco... Todo eso puede crear un ambiente conductivo para la felicidad, pero no la proporciona directamente.

6 de marzo de 2013

Orgullosa del mejor equipo del mundo.

En lo bueno y en lo malo, el rojo y el blanco siempre serán los colores que reinan dentro de mí. 
ATHLETIC BETI ZUREKIN.

4 de marzo de 2013

No se puede pactar con las dificultades. O las vencemos o nos vencen.

"Por primera vez supe que defraudar a alguien que te importa es una de las peores situaciones en las que te puedes llegar a ver. (...) 'No se puede pactar con las dificultades. O las vencemos o nos vencen'. Tardé mucho en en entender qué significaba esa maldita frase, pero se me quedó grabada a fuego. De hecho, es, sin ninguna duda, la enseñanza que me quedó más clara."


El Chojin